Mas apenas marchó el tren camino de las sierras, volvió la dama a presentarse en su primera forma y desnudez, con los mismos cendales vaporosos que contorneaban sus bellas formas, con el mismo ornato de rústicas espigas en la cabellera de oro, los mismos ojos que no se podían mirar, y la propia irradiación abrasadora de su cuerpo. El calor que despedía era ya un calor ecuatorial, intolerable, un fuego que derretía mi persona, como si fuese de cera.
Fragmento del relato Theros, de Benito Pérez Galdós (1877)
Ilustración: Le Rapide de Nice, de Joie d’Hiver, perteneciente a la serie Parisian Sketches (1899)