Hallo cierto alivio en la monótona repetición de mis pesares, como la halla el loco en sus palabras incoherentes, en sus exaltaciones plásticas.
Te amo, Anuarí…
La tibieza de tu cuerpo ha quedado como un veneno insomne en mis miembros. Todos ellos se retuercen en convulsiones espasmódicas de delirio; claman por una caricia aguda de tu cuerpo, de tu carne joven, perfumada de primavera.
Mi boca está sedienta de lujuria. Sí, Anuarí. En contorsiones de poseída, escápanse de mí los aullidos desgarradores de mi carne y de mi corazón heridos; en los espasmos de placer y de pena, surge, entre los suspiros, tu nombre.
¡Ah! He quedado ávida de ti; ansiosa de besos tuyos.
Y ante la atracción de tu espíritu radiante, quedé ciega como si mirase al sol.
Mis labios, ávidos, aguardan entreabiertos, el néctar de tu amor.
Y el tiempo pasa, y su bálsamo de nieve no cicatriza mis llagas de fuego.
Poema XIV de Teresa Wilms Montt, incluido en En la quietud del mármol (1918)
Litografía de Gerd Mackensen