Fue un suceso trágico y doloroso: Ante el cadáver de la esposa, virgen dos meses antes, Lucio tuvo el primer acceso. Inclinado sobre el ataúd, acarició a la compañera frenéticamente; mordió los labios fríos, y cuando para alejarle desagarrotaron sus dedos enlazados a los de ella, las manos muertas y las vivas ofrecían igual rigidez.
Desde entonces, la vesania erótica conturbó todo su organismo. El dolor moral, la desolación del alma y del cuerpo abandonados por el espíritu y la carne fraternos, tuvo una localización morbosa. Apenas derramó lágrimas. Vuelto en sí del largo desmayo, ni la nombró siquiera; pero la veía viva en todas las mujeres núbiles. Bastábale la visión de una mano, de una prominencia temblante bajo las vestiduras, para imaginarla y desear volver a ser su dueño. Era un gran duelo muscular y nervioso, un ígneo recuerdo perenne de la médula y de la piel.
Hubo necesidad de prescindir en la casa de las sirvientes jóvenes, porque en las tardes de primavera, cuando la atmósfera se carga de deseos y perfumes disueltos en una laxitud infinita, Lucio las perseguía lanzando alaridos faunescos, abrasado de lujuria, como uno de aquellos sátiros fabulosos que violaban a las ninfas en las florecidas praderas llenas de optimismo y de luz.
Y fue inútil atarazarle las manos —¡Tristes manos antaño laboriosas, que ahora, al servicio de su locura, eran inconscientes verdugos!— Su imaginación suplía todo contacto. La cordura, en vez de extinguir su llama, esparcióse por los sentidos dotándolos de máxima sutileza. ¡Cuántas veces al hallarlo víctima de una convulsión espasmódica vieron su mirada de alucinado resbalar por la curva suave de un mueble o fija en la lejanía azul, donde las nubes eran definición extraña de algo gracioso y femenino!
Fragmento del cuento La hermana, de Alfonso Hernández Catá
Pintura: Female flesh wall, de Martha Nilsson Edelheit (1965)