emperifollados

Alissa Nutting

¡Imaginaos lo que me divertiría dentro de nada asistiendo a uno de esos bailes! Quizá incluso tuviese la oportunidad de bailar un vals con uno o dos de los alumnos más extrovertidos con el pretexto de divertirnos y pasarlo bien. Los chicos me tomarían confiados de la mano, me conducirían al centro de la pista y, hasta que juntaran su cuerpo con el mío, no notarían la fragancia húmeda y palpitante, apenas velada por la fina tela de mi vestido. Yo pegaría mi cuerpo al suyo con disimulo y les provocaría un cortocircuito, confundiéndolos con mis risas y comentarios desenfadados que les susurraría al oído con mis labios húmedos. Claro que antes de decirles algo miraría hacia un lado con aire distraído para dar a entender que allí no pasaba nada, que no me daba cuenta de que estaba frotando mi pelvis contra el calor que surgía tieso del interior de aquellos pantalones de esmoquin alquilado. Era imprescindible que fuese un chico cabal, de los que no se atreverían a repetir una frase así ante su madre o su padre, de los que recordasen el momento y se lo cuestionaran a posteriori, durante los oscuros sopores del sueño, en los momentos más solitarios de sus vidas adultas: después de una cena de negocios, alojado en un Comfort Inn del Medio Oeste, tras haber hablado por teléfono con su mujer e hijos, haber abierto a continuación tres o cuatro botellitas de whisky del minibar y haber puesto el despertador, entonces es cuando se sentaría cómodamente en la cama, ciñéndose con una mano el creciente calibre de su órgano, mientras da vueltas a ese recuerdo que le obsesiona. ¿Había dicho yo realmente lo que creyó haber oído? Entre las paredes del colegio, ni más ni menos, en medio del sonido electrónico de la canción pop más oída de aquel año, una canción que escucharía cuando entró a trabajar por primera vez en aquel centro comercial mientras doblaba las camisas del escaparate y saludaba a las madres con sus niños que entraban en la tienda. ¿Había susurrado yo realmente aquella frase en su oído? Pero yo lo sentí, se diría para sus adentros. Sintió cómo se formaban mis palabras suspendidas en el aire caliente, una frase flotando en mi aliento que se disipó en apenas unos segundos, antes de llegar a comprenderla o recordarla. Una parte de él permanecería durante el resto de su vida en aquella pista de baile, inseguro y sediento de claridad. Hasta tal punto que, ya siendo adulto, alojado en aquel hotel, estaría incluso dispuesto a renunciar a muchas cosas a cambio de recuperar el sentido del orden que yo le había arrebatado o de tener a alguien que le dijese: Sí, sí pasó. Y yo siempre sabría y él siempre tendría la certeza, aunque no plena, de que yo había pegado el borde de mi pelvis contra el glande de su pene y lo había presionado como si estuviese pegando una fotografía bajo el plástico transparente de la página de un álbum de fotos y había susurrado aquella frase: Quiero oler cómo te corres en los pantalones.


Las lecciones peligrosas, de Alissa Nutting (2013)

Alissa Nutting, Las lecciones peligrosas
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