.jpg)
De rodillas frente a esa verga temblorosa y potente, ella percibió —como si el conocimiento con toda su rotundidad, llegase de otra parte— que ese instante de contemplación (ese momento en el cual todo dependía de su aquiescencia o su repulsa) era perfecto; sintió que contenía en sí todas las preguntas posibles, con sus eventuales respuestas; que no importaba en verdad (y entonces sonrió) quién fuera el portador ocasional del fenómeno, sino más bien que en ese instante, esa persona concreta desaparecía, se disolvía en la nada con sus perplejidades y virtudes, sudores, excrecencias, pecadillos. Esto —que ahora acariciaba dulcemente con la punta de su lengua— era una respuesta en sí misma, y ella lamía una verdad completa, un conocimiento situado más allá de las vacilaciones de su pensamiento. Permaneció arrodillada, adorándola con la lengua, y este contacto mínimo, lengua y glande (porque sus brazos estaban caídos a los costados del cuerpo, y él por su parte, nada hacía), constituía un círculo de comprensión deslumbrante, un nudo para siempre desatado. Supo repentinamente (y una paz infinita besó su corazón) que su persona —su indefinido, fluctuante, impreciso nombre— tampoco importaba. La soledad descendió como una bendición, borró diferencias y marcas posibles, la arrojó a un terror jugoso y al mismo tiempo claro y definitivo. Apretó en su boca aquella seda innominable, sintiendo correr por debajo el trazado pulsante de las venas, y quiso de pronto poseer, acortar las distancias, aun sabiendo bien que no era posible y ni siquiera deseable. Y cuando por fin se derramó en su boca la leche tibia y picante, tragó con avidez lo que del otro había sustraído, abrazando levemente con la lengua todo mínimo resto y ocasión de goce.
La señorita experimentó entonces el sentimiento del Poder.
La educación sentimental de la señorita Sonia, de Susana Constante (1979)
Grabado de Mihály Zichy perteneciente a la serie Liebe (1874)