emperifollados

Tununa Mercado

Una vez, hace años, al observar el cuerpo de la otra, desnuda, había sentido que sus manos tendían a la forma de esos pechos y que su lengua era llevada por el impulso de recoger, como se recoge la savia de los tallos, el dulce sudor que el sol había hecho brotar en esa piel. Ese día, asediada por la imagen de ese cuerpo yacente a la espera de una resolución que definiera en un acto lo que estaba sucediendo, casi sin poderse contener, había dado la espalda a ese cuerpo, no para desistir del placer de amarlo, sino para sentir en toda su ingravidez los efectos que le provocaba, consciente ya de que no sería fácil descubrir una forma de la entrega que la satisficiera, y de que tendría que aceptar esa inquietud sin nombre, exaltación pura de la imagen, cerrada sobre sí misma como un arco a punto de disparar la flecha.

Todo lo que la otra sabía, todo lo que ella sabía, no podía ser formulado en una frase o vertido a un enunciado que resumiera lo que recíprocamente se habían desencadenado desde tiempos inmemoriales. Ni falta que hacía ahora tratar de definir las vibraciones que percibían sus cuerpos en ese estado de alerta que había tenido varios tiempos: el viento que había acabado con el murmullo de las ranas, la distribución de los cabellos al caer sobre los hombros, las ropas que descendían por el cuerpo, los brazos elevados y mecidos como en una danza amorosa, las caderas ofrecidas, las curvas delineadas para el tacto y la desesperación de los sentidos, el deslumbramiento del cuerpo de la otra reflejado en el propio cuerpo, el pubis dispuesto a acercarse al otro pubis.

Los pies van y vienen por el cuarto, en aprestos y postergaciones; una se tiende sobre la cama y luego se levanta y abre la ventana; respira hondo, se llena de la frescura de afuera y siente a sus espaldas, en dos puntos estrictos, a la altura de sus omóplatos, los pechos de la otra, una presión tan leve como la de dos tímidas bocas, pero tan intensa como la desolación del amor. En un tercer punto, más abajo, un pubis la roza, primero imperceptiblemente y, luego, intenso, pegándose a sus nalgas en una frotación que no busca tanto satisfacerse como dar a entender al otro cuerpo la convicción de su empecinamiento. Ella no se vuelve, cierra los ojos y se abandona al otro cuerpo; interpone su mano derecha entre sus nalgas y el pubis de la otra y lo acaricia lentamente, percibiendo su espesura y, poco a poco, se aventura en el sexo. Ella observa y recorre con su mirada el cuerpo de la otra, dormida. La soledad es un hecho que ninguna nueva entrega podrá disipar. Siente ya el peso de una ausencia que envuelve ese cuerpo en su belleza, como si lo amortajara un estado límite, el del amor; asediada por los ecos de otros abandonos que no sabe por qué surgen como espectros desde el paisaje sugerido por las tinieblas del alba, ella no se acuesta, ni se sienta, ni se desplaza un solo milímetro, estática, desnuda, paralizada por la confluencia del deseo consumado y el terror a su desaparición, ella misma fragmento de una escena cuyo desenlace habrá que definir, antes del canto de la alondra.


Canon de alcoba de Tununa Mercado (1988)

Pintura: Afternoonscape, de Jenna Gribbon (2021)

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