
En la cena éramos veinticuatro comensales, y tal vez se vaciaron cien botellas. Todo el mundo se levantó de la mesa borracho, excepto yo y el poeta Poinsinet, que sólo había bebido agua. Fue entonces cuando comenzó la gran Orgía. Es imposible describir con detalle los excesos que vi; pero un gran libertino puede imaginarlos. Un castrato y una chica propusieron ir a desnudarse a la habitación contigua a condición de tener la cabeza cubierta y permanecer acostados de espaldas en la cama. Desafiaron a todos a ir a verlos y a decidir cuál era el varón y cual la hembra. Se hicieron entonces apuestas y se fueron al cuarto. Luego todos entramos en él y nadie se atrevió a pronunciarse. Sólo estaba permitido ver. Propuse a Milord que apostase cien escudos contra cincuenta a que yo sabría decir cuál era la mujer. Las probabilidades eran las mismas y Milord aceptó. Gané yo, pero nadie habló de pagarme. Este primer acto de la orgía acabó con la prostitución de dos cuerpos desnudos. Desafiaron a todos los varones de la compañía a sodomizarlos y todo el mundo se puso a hacerlo menos Poinsinet y yo, y nadie lo consiguió; pero después nos ofrecieron como espectáculo cuatro o cinco acoplamientos, donde los abates brillaron tanto en el papel activo como en el pasivo.
Historia de mi vida, de Giacomo Casanova (1822)
Pintura: The golden coat, de Andrea Alciato (2016)