emperifollados

Mayra Montero

Ella sacó la llave y entramos en el laboratorio a oscuras; demoró unos segundos en prender la luz y esos segundos permanecimos muy unidas, rozándonos sin intención. Luego se iluminó el lugar y vi a mi alrededor peceras, sin agua y sin peces; algunas estaban vacías y otras ocupadas por insectos.

—Voy a ver esos hongos —me dijo—, a lo mejor ya se llenaron de esporas.

Le comenté que siempre había creído que sólo trabajaba con insectos. Respondió que con insectos, claro, y con todo aquello que los enfermaba. Explicó que su trabajo era buscar patógenos y reaccioné de una manera idiota:

—Tienes tú cara de buscar patógenos.

No sólo fueron las palabras, sino la forma en que salió mi voz, la entonación acuosa, ese vulgar asomo de varón. Ella me miró indecisa, vacilando entre si aceptar la broma sin chistar, o preguntarme qué le quería decir con eso.

—Tengo yo cara de buscarlos, ¿no?, sí que la tengo.

Se quitó la blusa delante de mí y descubrí que no llevaba nada abajo. Caminó hacia el perchero y tomó una bata azul, la tuvo entre sus manos un momento y luego se vistió con ella sin abotonarla. Se sentó en una banqueta y me invitó a que me sentara en otra, pero le dije que prefería estar de pie, viéndola trabajar.

—¿Te dan asco mis bichitos? —preguntó Marzena al cabo de un rato, señalando una especie de mariposón inmóvil.

Me acerqué por detrás para mirar. No podía dejar de pensar en su bata abierta, en el perfil de sus senos, en la lengua con la que tarareaba las canciones.

—Se comen las coles —agregó riéndose. No le vi el chiste ni le vi la gracia, vi sus manos acomodando el microscopio y sentí un ligero olor a sudor, un suave tufo que me estremeció. No me moví, pero ella hizo un gesto como invitándome a que mirara mejor, y al acercarme, mi pecho y mi vientre rozaron su espalda y sus nalgas. Mi pecho, mis pezones tensos, se arrimaron a su espalda; mi vientre, que quedaba a la altura de su trasero, sintió aquella presión eterna. Yo miré por encima de su hombro, todavía no lograba precisar la forma exacta del insecto que estaba sobre la mesa, y me pegué un poco más. Marzena no se movió un centímetro, no hizo nada para esquivar la cercanía de mi cuerpo, que era un cuerpo caliente y malicioso; abrumado por la novedad de aquella tarde, una novedad que no lo era del todo: ¿desde cuándo me habían gustado las mujeres?

—La llaman polilla del repollo —dijo con voz de confesión, un poco ronca.

Hubo un momento en que apoyé mi barbilla sobre su hombro. Éramos cuñadas, casi hermanas, no eran éstas nuestras primeras navidades juntas, sin duda no serían las últimas. Adelanté mi brazo izquierdo y lo apoyé en la mesa; hice lo mismo con el otro brazo. Delante de mí, de espaldas a mí, Marzena había quedado atrapada. Y hubiera bastado un gesto de ella, un mínimo intento por escabullirse, para que yo me hubiera retirado. Pero no hizo nada, Marzena se quedó quieta y blandita, y por encima de su hombro, en lugar de mirar al insecto, bajé la vista y le miré los pechos.

—También la llaman palomilla de las coles, gusano de la berza, oruga verde del repollo.

Lo de la oruga me llenó de ardores. Ardor en la nuca, y un ardor absoluto en la garganta; esa impaciencia por escapar de allí, o acaso todo lo contrario, por impedir que nadie se escapara. Yo seguía pegada a la espalda de Marzena, pero además pasé mi brazo alrededor de su cintura. Ella guardó silencio, siguió sin moverse, pero endureció su cuerpo. Con la otra mano le empecé a quitar la bata, y al mismo tiempo la besé en el cuello. Ella sacó un gran suspiro, que fue suspiro y quejido a la vez.

—Me gusta cómo le dicen en México. —susurró en mi oreja—: Palomilla dorso de diamante.


Fragmento de Dorso de diamante, cuento de Mayra Montero incluido en la antología Cuentos eróticos de Navidad (1999)

Ilustración de Jenifer Prince

Cuentos eróticos de Navidad, Dorso de diamante, Jenifer Prince, Mayra Montero
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