emperifollados

Susan Sontag

La circunstancia archiconocida de que la mayoría de los hombres y mujeres carecen de la destreza sexual que la pornografía atribuye a sus personajes no demuestra nada concluyente, como tampoco lo demuestra el hecho de que estén groseramente exagerados el tamaño de los órganos, el número y la duración de los orgasmos, la variedad y viabilidad de las potencias sexuales, y la magnitud de la energía sexual. Sí, y las naves espaciales y los abundantes planetas que describen las novelas de ciencia ficción tampoco existen. El hecho de que la narración se sitúe en un topos ideal no descalifica la naturaleza literaria de la pornografía ni de la ciencia ficción. Estas negaciones del tiempo, espacio y personalidad sociales con tintes reales, concretos, tridimensionales –y estas exageraciones «fantásticas» de la energía humana– son más bien los ingredientes de otro tipo de literatura, fundada sobre otro tipo de conciencia.

Los materiales de los libros pornográficos que figuran como literatura son, precisamente, una de las formas extremas de la conciencia humana. Indudablemente, muchas personas admitirían que, en principio, la conciencia obsesionada por el sexo puede incluirse en la literatura como una forma artística. ¿Literatura de la lujuria? ¿Por qué no?


La imaginación pornográfica, de Susan Sontag (1967)

Ilustración: Technique for initiating sexual penetration, de John Cuneo
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