
En medio de todos aquellos retozos y libertinajes a que aquella alegre banda con la mayor espontaneidad se había entregado, se nos sirvió una elegante cena, ante la cual nos sentamos, con mi galán a mi lado y las otras parejas distribuidas correctamente, sin orden ni ceremonia. La delicada alegría y los buenos vinos pronto alejaron nuestra reserva. La conversación se puso todo lo animada que se pudiera desear, sin llegar a extremos de vulgaridad. Aquellos maestros del placer sabían demasiado para derrochar las impresiones con él relacionadas, ni evaporar la imaginación con palabras, antes de la hora de la acción. No obstante, de cuando en cuando se robaban besos, o bien, si un pañuelo en torno al cuello interponía su frágil barrera, no se le mostraba excesivo respeto. Las manos de los hombres maniobraban con su acostumbrada petulancia, hasta que las provocaciones de ambas partes alcanzaron un tono tan crítico, que la proposición externada por mi particular en el sentido de dar comienzo a las danzas campestres fue aprobada de inmediato. Añadí festivamente que estimaba que los instrumentos estaban ya convenientemente afinados. Aquella era la señal para efectuar los preparativos, señal que la complaciente señora Cole, tan conocedora de las cosas de la vida, interpretó como para hacer mutis. Ella, que no estaba ya en edad para prestar personalmente sus servicios, y que se conformaba con preparar el orden de combate, nos dejó libres el campo de batalla para que guerreáramos a discreción.
Fanny Hill, de John Cleland (1749)
Pintura de Anthony Stark perteneciente a la serie Fucking paintings (2016)