
Cuando llegó, se detuvo justo debajo del arco del salón, con aquel calzón de tela de saco, sin nada debajo, enseguida vi que tenía una erección impetuosa, una fuerza irresistible forzando la arpillera casi a medio muslo izquierdo, y él se cruzó las manos por encima, en una posición que ahora tal vez me daría risa, pero que entonces no me dio en absoluto. Sentí otra vez el cosquilleo en la barriga, pero al mismo tiempo no me gustó. No sé muy bien por qué no me gustó, pero creo que fue porque me quedé pensando en cómo era aquel negrito, aquel proyecto de negrazo, que, por otra parte, sabía que había sido llamado para follar. ¿Y si yo sólo hubiera querido ir a cazar pájaros, mostrarle libros y enseñarle algunas letras del alfabeto? Sólo me acuerdo de eso, aunque estoy segura de que muchas cosas más pasaron atropelladamente por mi cabeza, y se me aceleró la respiración. Entonces se dio el estupro, un estupro innegable. Era un domingo, y él se llamaba Domingos. Paseé los ojos por aquellas paredes, en mi cabeza apareció el padre Vitorino en clase de catecismo diciendo que domingo quería decir el día del Señor, dominus vobiscum et cum spiritum tuum introibo ad altare Dei ite missa est, aquel latín de otro mundo, y fue como si me atrapara un remolino, mis ojos sólo veían lo que tenía delante, mis oídos zumbaban, y dije, levantándome la falda y bajándome los calzones:
—Chupa aquí.
No recuerdo qué me contestó a bote pronto, recuerdo que escupió hacia un lado y dijo que aquello no, que de eso nada. Es curioso, todo me vuelve como nunca me había vuelto antes. Recuerdo que miré hacia abajo y vi en el lugar generalmente designado por nombres ridículos bajo los que se disfraza la realidad, vi lo que voy a tener que decir con todas las letras, porque de otro modo actuaría conforme a todo aquello con lo que estoy en contra — lo conseguiré pronto, mi honor está en juego, no me quedaré satisfecha si no lo digo—; ya razonablemente orgullosa y crecida como un caballo de combate, me sentí poderosa, me encaminé hacia él, separé las piernas y, mordiéndole la oreja, le dije otra vez que le contaría al abuelo que se había pasado conmigo. Chupa aquí, dije, no sabía realmente que la gente se chupaba, fue algo que ahora puedo describir como instinto en estado puro. Le hablé enérgicamente y le cogí la cabeza por los rizos y le empujé la cara hacia abajo, hacia mi entrepierna, hasta el punto de que tuvo dificultades para respirar. No me importó, le dejé tomar aliento y después le empujé otra vez la cabeza y tuve un orgasmo allí mismo y fui deslizándome hacia el suelo. A esas alturas, a él le iba gustando la cosa y se empleaba a fondo y me apoyé contra la pared con las piernas abiertas y empujé mucho su cabeza, mientras, encajándome en su boca como quien encaja una pieza de precisión, como quien da el pecho, yo gozaba otra vez con un placer enormísimo al hacer todo eso minuciosamente. Enseguida, ya como una posesa y con una ansiedad que me hacía temblar todo el cuerpo, decidí que tenía que montarme sobre su cara, cabalgar de verdad, cabalgar y cabalgar, y así gocé no sé cuántas veces más, en su boca, en su nariz, en sus ojos, en su lengua, en su cabeza, gocé de todo él y entonces bajé y le chupé yo a él, tragando todo lo que podía tragar de aquel tallo tieso, después oliéndole las ingles, después lamiéndole las pelotas, después enroscándome en él y esperando a que él gozara en mi boca, aunque nunca antes me hubieran dicho cómo se hacían esas cosas, sólo que él no gozó en mi boca, acabó regándome la cara y yo lo esparcí todo sobre los dos. Es impresionante pensar que hice todo esto de buenas a primeras, porque fue en realidad mi primerísima vez, y nunca había visto nada, ni nadie me había enseñado nada, de no ser por las locas conversaciones con las amigas del colegio, sobre todo con las internas, que siempre andaban medio chaladas, como es natural. Gran parte de esas historias no tenían nada que ver con lo que se hace en realidad, salvo las historias sobre ciertas monjas y otras alumnas, que después vi que eran más o menos verdad, y hoy sé que, en la mayoría de los casos, eran verdad. Supongo que debo sentirme orgullosa, debo reconocer que tengo un talento innato, que soy una predestinada, una elegida de los dioses, sólo puede ser así. No me gusta decir estas cosas, pero ¡qué remedio!, hay algo ahí inexplicable, sólo puedo creer que, de alguna manera, nací sabiendo. De alguna manera, no: nací sabiendo. Sólo puede ser así, no me pregunte cómo. Nací sabiendo. Escalofriante.
La casa de los budas dichosos, de João Ubaldo Ribeiro (2006)
Acuarela: Cunnilingus I, de Pepa Úbeda