emperifollados

Alain Vircondelet


Dora le inspiraba. Le gustaban su potencia física, sus curvas de mujer auténtica, su madurez apenas florecida y su disponibilidad física e intelectual. Sobre una lámina de tamaño medio, de cuarenta por setenta y dos centímetros, realizó muy rápidamente un dibujo con lápices de colores que, por sí solo, describía su relación. Salvaje, brutal, pero vivida con dolor por Dora. Sin necesidad de posar para él como solía hacer. Destacaba el rostro, hasta llegar al busto. En su taller, Picasso se había entregado en cuerpo y alma a la realización de su dibujo. Una luz incandescente, un bosque a la izquierda, cuyo centro parece una vulva abierta y, entre los matorrales, Dora tomada por el Minotauro. La bestia está echada sobre ella, el hocico ávido, su cuerpo de hombre tendido, blandiendo el sexo. Toda la imaginería de la violación solo trascendida por la mirada de los protagonistas.
Picasso se ensañaba con la lámina, el rostro y el cuerpo de Dora especialmente trabajados, suaves y de porcelana como una miniatura del siglo XVIII, la mirada lánguida y perdida, soportando el peso de la bestia. Y también la mirada del Minotauro, no lúbrica como su hocico baboso, casi asustada por lo que está perpetrando. Alrededor de ellos, un resplandor de brasas y ceniza. Cuando volvió con Dora, le enseñó el dibujo recién terminado. Antes de hacer ningún comentario, examinó al detalle el dibujo. Le parecía, dijo ella, «especialmente bello, de un realismo fantástico muy inquietante».
—Tú me das esta fuerza, Dora, y mi debilidad.
Sonrió enigmáticamente. Pensó por un momento que Picasso acababa de entregarse atado de pies y manos. Ella le dejaría ejercer su dominio, mantendría su aspecto impasible de virgen de Semana Santa, tez pálida y cabellos azabache, pero sin dudar de su fragilidad. A aquella fragilidad la llamó «la astilla del Minotauro».

Guernica 1937, de Alain Vircondelet (2018)
Dibujo: Dora et le Minotaure, de Pablo Picasso (1936)
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