emperifollados

Mircea Cărtărescu


Cuando se volvió de nuevo hacia mí, Irina sonreía. Luego se echó a reír a carcajadas. «Probemos con otra cosa», me dijo, y yo, por supuesto, sabía lo que seguiría. Siempre, por muy apasionado, satisfecho y carente de toda inhibición que fueran nuestros actos sexuales, e indiferentemente de cuántas horas hubieran durado o de lo extenuados que estuviéramos por los latigazos de los mechones húmedos y elásticos del otro sobre nuestras nalgas, Irina necesitaba una oscuridad absoluta para liberarse por completo y jugar a unos juegos que me había asustado al tiempo que me habían fascinado y excitado muchísimo desde que nuestros encuentros comenzaron. Así que regresamos, flotando despacio, a la cama de sábanas revueltas, apagamos la luz y nos cubrimos con la manta, nuestros cuerpos desnudos el uno junto al otro, ella con la cabeza sobre mi hombro, apenas perceptible en la profunda oscuridad, yo con el brazo extendido sobre su almohada, mirando al techo sin querer ver, porque los ojos, abiertos o cerrados, se revelaban inútiles en esos momentos, del mismo modo que no te sirven para nada en las cavernas que hay en las profundidades de la tierra.
Porque, en verdad, descendía a través de su voz transformada, ronca, melopeica, hasta las vastas mazmorras y cárceles y celdas del sexo puro, despojado de toda humanidad, de los espacios en cuyas profundidades la razón se veía como una constelación hiperlejana, tan remota y tan impersonal que al final se disolvía por completo. Al cabo de un rato ya no carecía de nombre, de identidad, de cerebro y de corazón, todo había quedado atrás como la ropa de unos amantes de la que se despojan apasionada y lentamente, dejándola desperdigada desde la puerta de entrada hasta la cama. ardiente como una estatua de latón caldeada en el horno, abrasando mi oído con la brisa de verano tórrido de su aliento, jadeante y susurrante de repente, Irina me hablaba sobre orgías inimaginables para una mente despierta, sobre acoplamientos frenéticos, sobre montones de cuerpos de hombres y mujeres que agotan todas las posibilidades –aparentemente tan limitadas– de nuestros sexos, sobre penetraciones y caricias que provocaban un éxtasis más allá de todo lo que puedes llegar a sentir en tu pobre vida consciente. Sobre verdugos y víctimas voluntarias que gimen en la languidez y el sudor ardiente de unas torturas horribles y enloquecedoras. Me hablaba sobre el placer terrible de estar a merced del otro, atada y crucificada como un preparado sexual, sobre penetraciones en las que la mujer se mueve como una divinidad india, y en las que las uñas dejan tatuajes sangrientos sobre la piel. En la oscuridad total, liberados de esa obligación de mirarnos a los ojos que nos haría correr el peligro de recordar quiénes somos, Irina me habla sobre la necesidad abrumadora de ser contemplada como un simple objeto de placer, sobre su necesidad de revolcarse en la cama con otra mujer, sobre sus vagabundeos por calles nocturnas en busca de aventuras de una noche. Vacío, blasfemia, degradación, pero a través de ello y más allá de todo ello, un placer destructor y radiante como un fuego negro que no se apaga jamás. Estabas profundamente, profundamente, profundamente en ti, allí donde la forma de los sexos es solo un símbolo para otro mundo y otra vida, y en los que tu cuerpo ha escapado de la cadena donde es libre con un monstruoso y peligroso esplendor. A medida que avanzaba en sus historias, siempre distintas, siempre más alejadas de todo lo que podrías llegar a vivir alguna vez en la vida que se le concede al hombre en la tierra, la voz de la mujer invisible que estaba a mi lado se entrecortaba cada vez más, ahogada en gemidos y jadeos. El aire que había pasado por sus pulmones y su sangre, que había irrigado su pelvis superexcitada, irrumpía contra mi rostro como si saliera de un horno.

Solenoide, de Mircea Cărtărescu (2015)
Ilustración: Marc and Lisa No. 7, de Katie Commodore
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