emperifollados

Elizabeth McNeill

La primera vez que nos acostamos me sujetó las manos por encima de la cabeza. Me gustó. El me gustaba. Era hosco, en una forma que se me antojaba romántica; era gracioso, brillante, tenía una conversación interesante, y me daba placer.
La segunda vez, recogió mi foulard del suelo, donde yo lo había tirado al desnudarme, sonrió y dijo: —¿Me dejas que te vende los ojos?
Nunca me habían vendado los ojos en la cama, y me gustó. El me gustó más aún que la primera noche y, después, mientras me lavaba los dientes, no podía dejar de sonreír: había encontrado a un amante extraordinariamente habilidoso.
La tercera vez, me puso repetidamente a punto de correrme. Cuando estaba por enésima vez dispuesta a estallar, volvió a detenerse; oí mi voz incorporal suplicarle que siguiera. Me contentó. Estaba empezando a enamorarme.
La cuarta vez, cuando estaba lo bastante excitada como para perder el mundo de vista, empleó el mismo foulard para maniatarme. Aquella mañana, me había mandado trece rosas a la oficina.


Nueve semanas y media, de Elizabeth McNeill (1978)
Ilustraciones de Pornopia, de Brüno (2014)
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