Aprovechando el sueño de las siete guardianas de la joven, ésta y el príncipe Esplendor se levantaron con sigilo y emprendieron una lenta caminata, estrechamente enlazados y deleitándose en la contemplación del más hermoso paisaje que encantó nunca a ojos humanos.
A sus pies, dormido en la serenidad, donde se daba la inmensa belleza del cielo, aparecía el mar, y en los rizos deliciosos del agua sonreía la orilla con ramajes temblorosos de laureles, con mirtos en flor, con almendros coronados por su nieve y con guirnaldas de glicinas.
Seducida por la tranquilidad del mar y con ánimo de apagar la ardencia que en su ser despertaba el príncipe Esplendor, la princesa Rosa de plata, que estaba inflamada de delirios no satisfechos, propuso al joven bañarse juntos en aquella apacible orilla, y éste, que no deseaba otra cosa, se ofreció a desnudarla, con gran contento de ella.
Y cuando, desprendidos de sus ropas, la princesa y el príncipe saltaron risueños al agua, el mar los recibió con un cabrillear de pedrerías, y retozaron entusiasmados, enlazándose con mil caricias, cosquilleos y mordiscos, que avivaron sus comunes anhelos de voluptuosidad. Uno y otro se devoraban con la vista, embriagándose en los atractivos de que estaban dotados, y uno y otro perdieron su reposo, derritiéndose en la esperanza de una próxima unión.
Fragmento del cuento El príncipe que quiso ser princesa, de Álvaro Retana (1920)
Ilustración de Sophi Miyoko Gullbrants