«Prodiga cuidados a tu trasero.» «Sonrójate como si fuera cierto.» «Trata tu pelo con amor.» «¿Quieres mejorar tu cuerpo? Arreglaremos el que ya tienes.» «Este brillo en tu rostro debería provenir de él, no de tu piel.» «Has recorrido un largo trecho, cariño.» «Cómo tener éxito con todos los hombres del zodíaco.» «Las estrellas y tú, sensual.» «A un hombre le dicen Cutty Sark.» «Un brillante es para la eternidad.» «Si te interesa lo que se refiere a la ducha…» «Duración y frialdad llegan al mismo tiempo.» «Cómo resolví mi problema de olor íntimo.» «Mujer, sé fría.» «Toda mujer adora Chanel n.º 5.» «¿Qué consigue que una muchacha tímida se vuelva íntima?» «Femme, le dimos tu nombre.»
Todos los anuncios y putascopios parecían implicar que, si eras lo bastante narcisista, si solo tomabas buen cuidado de tus olores, tu pelo, tus tetas, tus pestañas, tus axilas, tu entrepierna, tus lunares, tus cicatrices y tu marca de whisky en los bares…, conocerías a un hombre apuesto, importante, potente y rico que te satisfaría todos los caprichos, te colmaría todos los orificios, haría que tu corazón tamborileara con ritmo (o se paralizara), te haría brumosa y te llevaría volando a la luna (preferentemente en unas alas de telaraña), donde vivirías del todo satisfecha para siempre.
Y el aspecto de locura de todo esto era que, aunque fueras inteligente, aunque te pasaras la adolescencia leyendo a John Donne y a Shaw, aunque estudiaras historia o zoología y tuvieras la esperanza de pasarte la vida cursando alguna carrera difícil y de las que te ponen a prueba, aún tenías la cabeza llena de turbios anhelos de los que cualquier muchacha de bachillerato estaba inundada. Ya ves, no importaba que tuvieras un coeficiente mental 170 o un coeficiente mental 70; te hacían un lavado de cerebro idéntico. Solo se diferenciaban las trampas superficiales. Solo la conversación era más sofisticada. Por debajo de todo ello, anhelabas ser aniquilada por el amor, verte arrastrada, colmada por un pene gigante chorreando semen, jabonaduras, sedas y satenes y, naturalmente, dinero. Ni siquiera te procuraban, como a las muchachas europeas, una filosofía cínica y práctica. Esperabas no desear a otros hombres después de la boda. Y esperabas que tu marido no deseara a otras mujeres. Luego llegaban los deseos y te veías abocada al pánico del odio por tu propia persona. ¡Qué mujer más perversa eras! ¿Cómo podías seguir entusiasmada por hombres extraños? ¿Cómo podías estudiar sus pantalones con protuberancias así? ¿Cómo podías asistir a una reunión imaginando cómo jodería cada uno de los hombres allí reunidos? ¿Cómo podías instalarte en un tren jodiendo a completos extraños con los ojos? ¿Cómo podías hacerle esto a tu marido? ¿Alguien te había dicho que esto nada tenía que ver de ninguna forma con tu marido?
Miedo a volar, de Erica Jong (1973)
Fotomontaje de Sara Cwynar