emperifollados

Joaquín Gallegos Lara

Allí estaba. Caído como un tronco más. Rotas las raíces. Tumbado de espaldas en las hojas secas:
Inmóvil... Y al despertar...

¡La Salvaje!

Unos brazos ¡Qué brazos duros y blandos a la vez, como el caucho! Una boca. Un caimito succionante y pegajoso, que chupaba activo y de repente cesaba; se dejaba; parecía nada más ya que la pulpa dulce de una rara guanábana sin pepas.

Y un peso encima. Se iba dando cuenta. Los pechos –era verdad lo que contaban– eran redondos y tibios. A Viviña le recordaban los de una longa, criada en el pueblo y que fue suya.

Se notó echado de espaldas. Apoyados los riñones en una raíz de higuerón.

Ese vientre en movimiento.

Y la sensación chupante y ruda del centro de esos muslos que lo envolvían con avideces de culebra. Y vino el mareo de amor.

Pero entre esas caricias cada instante más multiplicadas y feroces que en el extremo vibrátil de su ser le dolían y las gozaba, ¿qué sentía?

¡Ah! ¿Por qué?

Los brazos amantes le apretaban el cuello. Se ahogaba. Había tenido todo el rato los dos ojos de "ella", negros y llenos de luz llameante frente a los suyos. En la angustia los vio borrarse y perderse en el apretón.

–No. Suerte... No.

Las palabras no sonaron. Tabletearon como martillazos dentro de su cerebro. Ya no se defendió. Ella encima, cálida, lo envolvía. Se le entretejía con brazos y piernas. Por los besos entraba en él el jugo de la montaña.

Y todo, todo, se le volvió confuso, turbio. Menos la palabra extendida, inacabable, que le retumbaba dentro:

–¡La Sarvaje!


Fragmento del cuento La Salvaje, de Joaquín Gallegos Lara, incluido en el libro Los que se van (1930)

Serigrafía de Irana Douer

Irana Douer, Joaquín Gallegos Lara, La Salvaje, Los que se van
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