.png)
Siempre he creído firmemente en la conveniencia de no tener límites, sobre todo en el sexo. No recuerdo cómo empecé a participar y luego a fomentar tríos; no estaban muy de moda todavía, no había series de televisión ni películas de tríos, ni famosos hablando de sus tríos. Yo tenía dieciséis años. Me acostaba con un chico mayor que yo. Fue él quien me mostró por primera vez una película pornográfica en la que dos rubias mimosas movían sus lenguas sobre el mismo pene. Agradecida por los esfuerzos pedagógicos de aquel chico, intentaba impresionarlo o ponerlo caliente con mis historias de colegiala. Me gustaba contarle mis ritos masturbatorios en el baño de casa. Me sentía poderosa cuando le narraba los juegos célibes que compartía con mis amigas, sobre todo cuando me tocaba hacer de hombre. Era nuestra inocente manera de practicar los besos con lengua por primera vez. A los diez años no recuerdo nada más excitante que los días en que alguna amiga se quedaba a dormir en casa y jugábamos a hacernos las dormidas para tocarnos a ciegas, en silencio, casi por casualidad. Creo que fue así, gracias a esas noticias lejanas, a esos cuentos de hadas que se besan bajo las sábanas, como dejé entrar a terceras personas a mi tan ansiada y recién conquistada primera relación de pareja.
Fragmento de Tres, relato de Gabriela Wiener incluido en Llamada perdida (2014)
Pintura: Threesome, de Yana Ezar (2020)