Las sirvientas de la princesa vivían en un cuarto muy grande, donde esperaban a que ella las llamara cuando no tenía nada que hacer. Pasaban el tiempo contándose cuentos obscenos, jugando unas con otras y entregándose a juegos amorosos. Estaban siempre dispuestas para el amor porque llevaban ligeras blusas rusas, cuyo escote ancho dejaba a la vista la mitad del pecho y amplias faldas sin nada debajo. Si se agachaban y se levantaban la falda estaban listas para unos azotes. Con acostarse y levantarse las faldas ya estaban a punto para un jugueteo de lengua.
Después de que Grushenka hubo pasado dos días solitarios en la cama, fue enviada a una instructora eficaz en el arte del manejo de la lengua. Tres o cuatro muchachitas, que no tendrían más de diecisiete años, estaban siendo instruidas por aquella mujer que tenía a su cargo a más de treinta y conocía bien su trabajo. Las muchachas tenían que lamerse unas a otras y mostrar su habilidad a la maestra haciéndoselo a ella. De no haber sido por el hecho de que aquella maestra tenía siempre una vara en la mano, y que la empleaba cuando no quedaba satisfecha, Grushenka se habría divertido con las clases.
Grushenka (Anónimo, siglo XVIII)
Acuarela de Otto Rudolf Schatz (siglo XX)