Soy el arpa y él me tañe. Sólo cuando me toma tengo voz y conciencia. Apenas me alza en sus brazos y ya vibro en silencio; ya mi esqueleto y mis cuerdas se tensan en alerta. Me apoya contra él y me reclino dulcísimo en su hombro. Como entre las cuerdas se entretejen sus dedos en mis cabellos nupciales y respondo a su júbilo o a su nostalgia o a su deseo.
Me arranca vibraciones y yo le devuelvo gemidos, sones, alegrías, besos. Si me ataca su fuerza padezco feliz. Mientras me abarca, estoy ardiendo en vida.
Antes nunca sospeché que dos cuerpos pudieran enlazarse tan plenamente. Nos reenvolvemos como serpientes, su piel cubre la mía, gracias a su flexibilidad de yogui y a mi delicada complexión. Me ha reconciliado con mi cuerpo, desconocido para mí, al que siempre traté como una carga o como un siervo inhábil. Me ha enseñado a vivirlo y a que él me viva; es decir, a vivirme todo entero. “Sólo así –me dice– te vivirás de verdad en mí como yo en ti.” ¡Cuántos placeres descubro!... Ahora él, de pie, me vuelve desnudo la espalda, colgando su túnica antes de llegarse a mí. Sus nalgas prietas son escultura: las del David de Florencia.
El amante lesbiano, de José Luis Sampedro (2000)
Pintura: Lovers 2, de Doron Langberg (2020)