
Así, así, como a una puta, me despertaría gritándole mientras lo cabalgo en el sofá. Levantaría la cabeza. Por la ventana todavía no entraría ni un hilo de luz. Serían más o menos las cuatro y media de la madrugada. ¿Cómo habríamos llegado hasta aquí? Un ritmo frenético se apoderaría de nosotros. El sexo me ardería, literalmente, y él crecería hasta límites inconcebibles. Me destrozarás, joder. Ven aquí, no puedo dejar de embestirte. Un clímax disparado de repente a mis nalgas resbalaría hasta filtrarse por el agujero del culo, sin pedir permiso, sin necesidad de pedirlo. Y otra vez, a pesar de la hora, el sueño, el frío y la fatiga. Esta vez le limpiaría con delicadeza las últimas gotas de esta fábrica de semen que tengo la suerte de amar. No hay nada más, seríamos carne, química, leyes físicas de la materia y la atracción poderosa hacia una energía desconocida pero viva. Y besos, y mordiscos, y no controlar absolutamente nada, y el quererlo todo, y el hecho de pensar que el tiempo no existe. Un espacio donde todo es posible, donde las fronteras se deshacen de risa; un mundo que se hace real incluso desde la imaginación de una mujer como yo mientras se ducha y pierde la cabeza. El amor, el sexo, no dejan de ser una investigación, una exploración de los límites, una vía de conocimiento y de crecimiento, una creación artística, un infinito radical.
Un francés a medianoche, de Anna Carreras (2020)
Fotografía de Ai Terada