
Cuando llegó la primavera y empezó a hacer calor, Mercedes se remangó las mangas de la bata de cuadros, y dos veces por semana, limpiaba el vestíbulo que daba al jardín. Se ponía un delantal largo hasta casi los pies, lo anudaba a la cintura y, después de hacer la lazada, le daba la vuelta y el delantal le tapaba las piernas por atrás cuando se arrodillaba para fregar el suelo. En primavera yo estudiaba en la terraza de la sala de estar y desde allí veía a Mercedes de espaldas: cómo metía la bayeta en el cubo, cómo la retorcía y la echaba al suelo, y cómo empezaba a mover rítmicamente las caderas. Yo miraba embobado los meneos del delantal y repetía a compás: Pisuerga, Valderaduey y Esla; Adaja, o río de Ávila y Tormes, o río de Salamanca; Tajuña, Henares y Tiétar; Gállego, Noguera Pallaresa y Noguera Ribagorzana... Así me fui aprendiendo de memoria todos los ríos de España, porque Mercedes tardaba un buen rato en fregar el vestíbulo. Lo malo era que sólo me sabía los nombres, porque toda mi atención se concentraba en los movimientos de aquella parte que el delantal ocultaba, y nunca pude saber hacia dónde corrían, ni en qué mares iban al fin a morir aquellos ríos evocadores de fragancias turbadoras.
Así siguieron las cosas hasta que un día, antes de ponerse a fregar, Mercedes subió al piso de arriba y, por el sonido de sus pasos, yo diría que al cuarto de mi hermano. Al cabo de un rato bajó muy deprisa, me pareció que enfadada, y sin soltarse el delantal, que lo llevaba recogido en la cintura, ni volverlo hacia atrás, como siempre hacía, se puso a fregar con mucho brío. Entonces vi lo que durante tantos días había permanecido oculto a mis ojos. La bata de cuadros se ceñía a sus caderas y marcaba nítidamente dos promontorios redondos que dejaban en la sombra un rincón oscuro de donde surgían rotundos, con una blancura especial, los muslos de Mercedes.
El corazón se me puso a latir de un modo frenético mientras miraba fascinado el vaivén de aquella gruta misteriosa. De allí, de aquella hondura sombría y no sólo del canal de sus pechos debía de brotar el olor que emanaba de Mercedes y que, súbitamente, llegó a mí como una llamada. Me levanté sin plena conciencia de lo que hacía y, atraído por la blancura de los muslos y la oscuridad del rincón que el borde de la bata velaba, avancé despacio hacia ella, como los afluentes corren hacia los ríos caudales y los ríos caudales hacia el mar.
Llegué a su lado sin que Mercedes se volviera ni dejase de fregar. Yo miraba casi sin respirar, en trance, aquellos muslos, cuya piel, de cerca, no se parecía a nada de cuanto hasta entonces había visto: ni espuma, ni pétalos de flor, ni seda, ni nieve. Era algo nuevo y distinto. Allí estaban ante mis ojos fascinados: los muslos blancos, las caderas redondas, las nalgas rotundas, la hendidura que marcaba el camino hacia el rincón oculto de donde emanaba el olor de Mercedes. Extendí la mano y lo toqué. Entonces Mercedes se puso en pie de un salto y por un instante me miró sorprendida.
—¿Tú? —dijo.
Y enseguida me soltó una bofetada y añadió:
—¡Mira el mosquita muerta!
Fragmento de Aquel rincón oscuro, cuento de Marina Mayoral incluido en Recuerda, cuerpo (1998)
Ilustración de Tatiana Doronina