emperifollados

Luna Miguel

A Gabrielle le fascinaba esa pulcritud con la que Anatole hacía el amor. Daba igual la habitación en la que se besaran, daba igual la hora del día o la ansiedad con la que el deseo les hubiese llevado a desnudarse: él siempre tenía los genitales limpios. Gabrielle los olía e imaginaba que se los había lavado con jabón de almendras antes de la cita. Anatole no tenía la polla más grande con la que ella había fornicado, pero sí la más bonita. Gabrielle no sabía muy bien qué era lo que le llevaba a pensar eso. ¿Qué significaba exactamente tener «una polla bonita»? Veinte centímetros de una suavidad monstruosa. Aquel trozo de carne se restregaba contra las paredes de su coño provocándole magníficos temblores. Era elegante. Una polla elegante, sí, de aspecto inteligente. Si la miraba mucho rato, le daba la impresión de que ese glande iba a ponerse a hablar. En vez de semen pegajoso, el pene de Anatole escupía largas disertaciones sobre la representación de Dios y del amor romántico en la historia de la literatura universal, y ella lo escuchaba divertida, embobada, enamorada, aunque la voz solo fuese fruto de su imaginación. Gabrielle podía pasar horas enteras mirándole desnudo. De hecho, le parecía injusto disponer de tan poco tiempo junto a Anatole. Su relación se reducía a las madrugadas de los sábados, o a las semanas en las que Hilda salía de viaje, que por otro lado eran cada vez más frecuentes. Una noche de verano en la que Anatole se había quedado solo en Barcelona, ella le propuso asistir a una fiesta en un local frecuentado por activistas queer. Llegaron al lugar en taxi, y allí les atendió una camarera trans, disfrazada de croupier, lo cual hizo que Anatole se acordara repentinamente de Hilda. Una vez su esposa le confesó que si había dejado de sentir celos de Gabrielle, o de cualquiera de sus otras amantes, era porque aprendió a imaginárselas a todas como a bandidas, jugando una partida de póquer, apostándose cuál de todas lamería esa noche el pene limpio de su esposo, tuertas, vestidas de cicatrices, piratas tenebrosas pero enormemente atractivas, tramposas, como salidas de una novela menor de Dostoyevski, a las que quizá algún día ella también podría desear. La croupier trans dirigió a la pareja hasta un reservado cercano al escenario. Una vez sentados, Gabrielle pidió a Anatole que cerrara un instante los ojos porque tenía una sorpresa para él. Cuando los abrió, se encontró con el muslo moreno de Gabrielle muy cerca de su cara. Se había tatuado un as de corazones en el lado derecho, y dentro de él podía distinguirse una «A» invertida, casi borrosa, como si estuviera a punto de desaparecer. Luego Gabrielle se levantó un poco más la falda y Anatole sonrió al comprobar que no llevaba bragas. Si no fuera por su temor a ser descubierto lavándose la polla con jugo de almendras en los baños de aquel tugurio, le habría hecho el amor allí mismo, sobre el escenario de purpurina, con una absoluta y desbocada devoción.


Fragmento de Jugo, cuento de Luna Miguel incluido en (h)amor 5 húmedo (2020)

Imagen: The King, de Sarah Lucas (2010)

(h)amor húmedo, Jugo, Luna Miguel, Sarah Lucas, The King
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