Da miedo decir la palabra. «Vagina.» Al principio tienes la sensación de estar atravesando violentamente una barrera invisible. «Vagina.» Te sientes culpable e incómoda, como si alguien fuese a derribarte de un golpe. Entonces, después de haber dicho la palabra cien o mil veces, se te ocurre que es tu palabra, tu cuerpo, tu lugar más esencial. De repente te das cuenta de que toda la vergüenza y la incomodidad que has sentido hasta entonces al decir la palabra ha sido una forma de silenciar tu deseo, de minar tu ambición.
Entonces empiezas a decir la palabra más y más. La dices casi con pasión, con apremio, porque intuyes que si dejas de decirla, el miedo volverá a apoderarse de ti y caerás de nuevo en un susurro incómodo. De manera que la dices dondequiera que puedes, la sacas en todas las conversaciones.
Estás ilusionada con tu vagina; quieres estudiarla y explorarla y presentarte a ella, y descubrir cómo escucharla y darle placer y mantenerla sana, sabia y fuerte. Aprendes a satisfacerte a ti misma y enseñas a tu amante a satisfacerte.
Eres consciente de tu vagina todo el día, dondequiera que estés... en tu coche, en el supermercado, en el gimnasio, en la oficina. Eres consciente de esta parte preciosa, bellísima, portadora de vida que tienes entre las piernas, y eso te hace sonreír; te enorgullece.
Y cuantas más mujeres dicen la palabra, cada vez resulta menos trascendente decirla; pasa a formar parte de nuestro lenguaje, de nuestra vida. Integramos en ella a nuestras vaginas, que pasan a ser algo venerable y sagrado.
Los monólogos de la vagina, de Eve Ensler (1996)
Imagen: Vulvotopia, de Charlotte Abramow (2018)