emperifollados

Joanot Martorell

Al llegar la noche oscura, Tirante volvió a la habitación de la duquesa y, cuando el emperador cenaba con las damas, Placerdemivida entró en la habitación muy alegre, tomó a Tirante de la mano y se lo llevó. El caballero iba vestido con jubón de satén carmesí, manto abrigado y espada en la mano. Entonces Placerdemivida lo introdujo en el reservado. Allí había una gran caja con un agujero que había sido hecho para que pudiese respirar. El baño que tenían preparado estaba delante de la caja. Después de cenar las damas danzaron con los galantes caballeros, pero cuando vieron que Tirante no estaba allí, dejaron de bailar y todos se retiraron a sus habitaciones. Las doncellas dejaron a la princesa sólo con aquéllas que la tenían que servir dentro de su reservado y se fueron. Placerdemivida, con la excusa de sacar un paño de lino para al baño, abrió la caja, la dejó un poco abierta y sobre ella puso ropa para que ninguna de las demás pudiese ver a Tirante.

En aquel momento la princesa comenzó a desvestirse y Placerdemivida lo organizó todo de forma que Tirante la podía ver muy bien. Cuando ella estuvo completamente desnuda, Placerdemivida tomó una candela encendida para aumentar el placer de Tirante y, mientras miraba toda su persona, iba diciendo:

—A fe, señora, que si Tirante estuviese aquí y os tocase con sus manos como lo hago yo, creo que él lo preferiría más que si le hiciesen señor del reino de Francia.

—No creas eso —contestó la princesa—, que antes preferiría ser rey, que tocarme, tal como tú haces.

—¡Oh, Tirante señor! ¿Dónde os encontráis ahora? ¡Cómo me gustaría que estuvieseis aquí cerca para que pudieseis ver y tocar la cosa que más amáis en este mundo y en el otro! Mirad, señor Tirante, ved aquí los cabellos de la señora princesa; yo los beso en nombre tuyo, que eres el mejor caballero del mundo. Vedle aquí los ojos y la boca: yo la beso por ti. Mirad ahora sus cristalinos pechos, cada uno de los cuales tengo en una mano: los beso por ti, mira cómo son de pequeños, duros, blancos y lisos. Mira, Tirante, ved aquí su vientre, los muslos y el secreto. ¡Oh, triste de mí, si fuese hombre, aquí querría acabar mis últimos días! Oh, Tirante, ¿dónde estás? ¿Por qué no vienes a mí, que tan piadosamente te llamo? Solamente las manos de Tirante son dignas de tocar donde yo toco, porque éste es un bocado con el que no hay nadie que no quisiese ahogarse.

Tirante miraba todo esto y tomaba el mayor deleite del mundo por la mucha gracia con que Placerdemivida iba explicando todos sus actos, y le venían grandes tentaciones de querer salir de la caja. Cuando hubieron estado un rato de burla, la princesa se metió en el baño y dijo a Placerdemivida que se quitase la ropa y que entrase dentro del baño con ella.

—Solamente lo haré con una condición —dijo. —¿Cuál? —preguntó la princesa.

—Que permitáis que Tirante esté una hora en vuestra cama y que vos también estéis en ella —respondió Placerdemivida.

—¡Calla, mira que estás loca! —exclamó la princesa.

—Señora, hacedme la merced de decirme qué le diríais si Tirante viniese una noche aquí sin que ninguna de nosotras lo supiese. 

—¿Qué le habría de decir? —dijo la princesa—. Le rogaría que se fuese, y si no lo quisiese hacer, antes decidiría callar que ser difamada. 

—A fe mía, señora —asintió Placerdemivida—, que eso mismo haría yo.

Estando en estas razones, entró la Viuda Reposada y la princesa le rogó que se bañase con ella. La Viuda se quitó la ropa completamente y sólo se quedó con unas medias rojas y en la cabeza un sombrero de lino.


Tirante el Blanco, de Joanot Martorell (1490)

Pintura: Gabrielle d'Estrées et une de ses soeurs (1594) Autor anónimo

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