Habitualmente, cuando era noche cerrada, iba a un lugar santo, ávido de martirios. Era una gran galería sostenida por pilares de cemento de sección cuadrada, junto al Sena, en la margen izquierda, entre el Pont de Bercy y el de Austerlitz. Como en la caverna de Platón, la luz sólo se percibía allí por sus reflejos, y los seres por sus sombras. Buscaba hombres viciosos, sexos duros, gestos humillantes, olores fuertes. Algunos cuerpos tanteaban, giraban uno en torno al otro, se hablaban. Yo necesitaba que todo fuese inmediato. Decía cuáles eran mis gustos y si el otro decía que no, lo rechazaba con un ademán brusco; si decía que sí, le seguía hasta el otro lado del puente y yo gritaba de placer en los peldaños de una escalera de hierro.
Tras el orgasmo, junto al río, mancillado, martirizado, me sentía bien, fluido y claro. Transparente.
Las noches salvajes, de Cyril Collard (1989)
Pintura: Metropolitan, de Louis Fratino (2019)