emperifollados

Stephen Vizinczey

Ella me guió en su cuerpo y, una vez dentro, me sentí tan feliz que no me atrevía a moverme por miedo a estropearlo todo. Al cabo de un rato, ella me dio un beso en la oreja y susurró:
– Me parece que voy a menearme un poco.
En cuanto empezó a moverse, descargué. Maya me dio un apasionado abrazo, como si mi actuación hubiera sido lo más fabuloso que había visto en su vida. Envalentonado por su aprobación, le pregunté por qué no parecía importarle la diferencia de edad.
– Soy una pécora egoísta -confesó-. Lo único que me importa es mi propia satisfacción.
Y seguimos haciendo el amor, mientras se apagaba el sol y llegaba la oscuridad. No he aprendido mucho desde aquellas horas en que el tiempo parecía haberse detenido: Maya estuvo enseñándome todo lo que hay que aprender. Pero “enseñar” no es la palabra: ella, sencillamente, se complacía a sí misma y me complacía a mí, y yo iba descubriendo nuevos territorios sin percatarme de que iba perdiendo mi ignorancia. Ella se deleitaba en todos los movimientos, o, simplemente, con tocar mis huesos y mi carne. Maya no era de esas mujeres para las que el orgasmo es la única recompensa por una actividad pesada: hacer el amor con ella era consumar una unión, no la masturbación interna de dos desconocidos en una misma cama.
– Mírame -me decía antes de correrse-, te gustará.

En brazos de la mujer madura, de Stephen Vizinczey (1966)
Fotografía: Mom with hand on bed, de Leigh Ledare (2006)
Con la tecnología de Blogger.