Hazme feliz con tus comentarios y dime: ya verás qué bello paquete haré de ti y cómo quedarás a gusto después del tratamiento que te aplicaré. Adúlame, dime que la mordaza me sienta bien, que me dejarás por lo menos unas cinco o seis horas amordazada, en ningún caso menos. Con una cuerda bien resistente, átame los tobillos; yo me habré puesto medias. Por favor, haz lo mismo con mis muñecas. Sin mi consentimiento, átame los muslos hasta bien arriba –más arriba aún– con una cuerda. Lo ensayaremos. Cada vez te indicaré cómo lo quiero; ya lo habrás hecho así alguna vez. ¿Es posible, por favor, que me pongas frente a ti, amordazada y atada con una cuerda, como una columna? Te lo agradeceré de todo corazón. Con las correas de cuero átame los brazos al cuerpo, por favor, lo más fuerte que puedas. El propósito final es que yo no pueda estar de pie ni erguida.
Walter Klemmer pregunta: ¿cómo dices? Y se responde a sí mismo: ¡qué dices! Se acerca meloso a la mujer, que no es su madre y que demuestra que no lo es porque no lo abraza como un hijo. Tranquila y de forma enfática, deja caer las manos. El joven pide algún gesto de tipo afectuoso y se pega a su lado con ansiedad. Le pide alguna muestra de cariño, algo que sólo un monstruo sería capaz de negarle después de esta conmoción. Pero Erika Kohut solo se ocupa de sí misma, de nadie más. Por favor, por favor, ronronea con monotonía el estudiante; la profesora no le da las gracias con cortesía. A manera de rechazo le da a entender que lo deja pastar, pero que en ella no encontrará unos labios rojos que lo satisfagan.
La pianista, de Elfriede Jelinek (1983)