emperifollados

Antonio Álvarez Gil

Así quedó ella, dispuesta para el amor, esperando desnuda por la mano del esposo, que no llegó a tocarla. Hijo de puta, masculló en voz alta, y sintió que los ojos se le humedecían. Después de un rato de llanto silencioso, fue sin embargo su propia mano la que comenzó a moverse suavemente sobre su piel. Ardía. Primero se acarició los senos, que inmediatamente reaccionaron al roce de los dedos. Los oprimió, pellizcándose los pezones, hasta que sintió un ligero dolor. Luego, desbordada por la pasión, elevó las rodillas y llevó su mano derecha hacia su vientre. Allí la mano se entretuvo tratando de sofocar la calentura de sus muslos, bordeó un instante los pliegues del ano, como solía hacerlo Ricardito cuando cumplía con su deber, y continuó luego en busca del sexo. Los dedos rondaron los labios de la vagina, anduvieron como una bandada de codornices por entre el matorral de su vello púbico, y fueron a posarse finalmente sobre su martirizado clítoris. Lo acariciaron una y otra vez, con mimo al principio, violentamente después. Allí anduvieron los dedos, buscando, explorando, empapándose con los jugos de su flora, torturando a su dueña en una interminable caricia, en un juego siempre creciente que por momentos parecía elevarla a las cúspides del placer y que en ocasiones la dejaba despeñarse bruscamente en las simas de una irritante frustración. Allí, en la soledad de su lecho compartido, Cary se retorció mil veces, presa de las más inimaginables contorsiones, buscando algo que sabía estaba cerca, pero que, sin embargo, no lograba encontrar. Entonces introdujo varios dedos al mismo tiempo y buceó con ellos, mientras sentía que su clítoris reventaba, que sus riñones ardían, que sus pezones se volvían un grano de maíz al rojo vivo. Un rosario de suspiros entrecortados se escapaban continuamente de su pecho. Por fin, cuando ya casi no podía soportarlo más, sintió que algo se liberaba en su interior. La marejada de placer que sobrevino la arrastró como una caracola. Y millones de hormigas marcharon sobre su piel, por debajo de su piel, como si estuvieran emprendiéndola a mordidas con cada célula de su cuerpo enfebrecido. Entonces dejó escapar un fuerte quejido de alivio y, levantando su mano derecha con el puño cerrado, golpeó fuertemente la espalda de Ricardito, que ni aun así se dio por enterado de lo que había ocurrido en la otra mitad del lecho matrimonial.


Naufragios, de Antonio Álvarez Gil (2002)

Ilustración: Freedom, de Núria Garcia Traveria

Antonio Álvarez Gil, Freedom, Naufragios, Núria Garcia Traveria
Con la tecnología de Blogger.