
El mago me echó en el suelo, me hizo abrir las piernas y me lamió las entretelas y fue entonces cuando probé el cielo, quería que fuese él, todo él, que entrase bien adentro, el mago era mi coño, era mío, y yo la cueva que le protegería, era yo, era él, él-yo, yo-él, los dos juntos, los dos hasta la muerte, quería desaparecer, y el mago me dijo, cabalga, y galopé sobre él mientras él me clavaba el sexo y se volvía animal-macho y yo animal-hembra, y así estuvimos un largo rato, solo el jadeo, los gritos, la piel, el sudor, nada de palabras, hasta que él, de repente, se fue muy lejos, tan lejos que no podía alcanzarle, vuelve, vuelve, amor, pero él se había ido sin mí, los dos estábamos en mundos diferentes, en dos galaxias que no se entendían, irreconciliables, como si hablásemos dos lenguas distintas, vuelve, vuelve, amor, y fue cuando él dio un grito escalofriante, un grito que parecía de terror pero que era de placer, como si fuese un animal herido de muerte, y todo él se distendió, volvió a la tierra torpemente, como si le obligasen, y sus ojos acosaron a los míos, y me hizo echarme al suelo y, por detrás, me acarició las entretelas, y entonces fui yo la que gritó sin contención, un largo aullido, como si una corriente eléctrica me atravesase el espinazo, una corriente que no podía parar, no podía parar, hasta que me dieron ganas de llorar de tanta alegría que sentía y mi chillido penetró muy adentro de todas las tinieblas que había olvidado, del pueblo en ruinas que había abandonado de pequeña, de las monjas, del padre que no tenía, y fue entonces cuando comprendí por primera vez que me había enamorado. Sentí el gozo del abandono, abandonada en aquella armonía que nadie me había explicado nunca y que yo, yo sola, había descubierto. Y solo dije, gracias.
La ópera cotidiana, de Montserrat Roig (1983)
Ilustración: A travers un lit, de Sergei Eisenstein