Teresa Dupuy llegó a caballo y detuvo al animal. Se cubrió los ojos para protegerse de la luz del sol y miró hacia el establo. En su rostro se dibujó una lenta sonrisa. Teresa tenía veinticinco años, era rubia, hermosa, audaz. No llevaba sombrero. Sacudió su largo cabello rebelde y se dirigió a los establos. Su forma de caminar definía su carácter de múltiples formas: su zancada larga y relajada era el andar de una mujer física y sexualmente precoz, segura, contumaz.
Sonny estaba a la entrada en secreto observando a Teresa acercarse. Sonrió, se alejó y siguió cepillando al caballo. Escuchó cada vez más cerca el crujir de las botas de Teresa; Sonny fingió no saber que se aproximaba. De pronto Teresa se deslizó bajo el cuello del caballo y besó a Sonny en la boca; un beso fuerte, con los labios abiertos, posesivo.
—¿Me viste, verdad? ¿Por qué no respondes?
Teresa frotó su nariz contra la de Sonny, lo mordió en la oreja y se acercó aún más.
—Tengo mejores cosas que hacer que estar mirándote.
—¡Mentiroso!
Se besaron acaloradamente y luego Sonny se apartó.
—Oye, tu viejo está por llegar.
Abrazándolo y besándolo con fuerza, Teresa jaló a Sonny a un cuarto de arreos lleno de parafernalia de caballo que despedía un hedor a cuero viejo. Con erótico abandono se arrancaron la ropa, batallando para sacarse las botas. Sonny vivía ahí como asalariado. Comenzaron en un catre y terminaron retorciéndose en el piso, Teresa arriba y, de inmediato, Sonny. Había una urgencia, una desesperación, una ternura salvaje en la manera en que hacían el amor.
La corazonada, de Barry Gifford (2020)
Imagen: Sense of unity de Lea Jerlagić (2023)