emperifollados

Louise Glück

Se sentaban muy separados

deliberadamente, para experimentar, a diario,

el placer de verse mutuamente

a gran distancia. Entendían


instintivamente que la pasión erótica

crece con la distancia, ya sea

real (uno es casado, uno

ya no ama al otro) o

espuria, engañosa, un ardid


que remeda la subordinación

de la pasión a las convenciones sociales,

pero un ardid, que no demostraba

el poder de las convenciones sino más bien


el poder de eros para aniquilar

la realidad objetiva. El mundo, el tiempo, la distancia

agostándose como un campo seco ante

el fuego de la mirada…


Nunca antes. Nunca con nadie más.

Y después los ojos, las manos.

Experimentados como una gloria, como consagración…


Dulce. Y después de tantos años

absolutamente imposible de imaginar.


Nunca antes. Nunca con nadie más.

Y después todo el asunto

repetido exactamente con otra persona.

Hasta que finalmente resultó obvio

que la única constante

era la distancia, sierva de la necesidad.

Que era usada para alimentar

el fuego, cualquiera haya sido, que ardía en cada uno de

nosotros.


Los ojos, las manos… eran menos importantes

que lo que creíamos. Finalmente,

bastaba la distancia, por sí misma.



El ardid, poema de Louise Glück incluido en Las siete edades (2001)

Pintura: Les amants, de René Magritte (1928)

El ardid, Las siete edades, Les amants, Louise Glück, René Magritte
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