—Tener una libido muy fuerte —continuó él con suavidad— es una cosa excelente para una mujer. No debes avergonzarte por ello. —Le quitó el cigarrillo, lo apagó y la agarró por los hombros—. Anímate —le dijo—. Lo que sientes es totalmente natural. Post coitum, omne animal triste est, como decía el poeta romano. —Deslizó una mano por el declive de su hombro y le rozó el pezón—. Tu cuerpo te ha sorprendido esta noche. Tienes que aprender a conocerlo.
Dottie asintió.
—Un suave ablandamiento —susurró presionándole el pezón entre el índice y el pulgar—. Eso es lo que estás experimentando.
Dottie respiró hondo, fascinada; sus dudas se desvanecieron. Él siguió presionándole el pezón hasta que este se endureció.
—Tejido eréctil —le dijo en tono informativo, y se puso a acariciarle el otro pecho—. Mira —continuó, y ambos bajaron la vista y observaron.
Los dos pezones eran duros y grandes, y a su alrededor la rosada aureola tenía una textura de carne de gallina; un poco más abajo le crecía una pelusa negra. Dottie aguardó en tensión. Una oleada de algo parecido a un inmenso alivio había recorrido su cuerpo; estos eran los términos exactos de los libros sobre el matrimonio que citaba Kay. Sintió un nuevo estremecimiento ahí abajo.
El grupo, de Mary McCarthy (1962)
Pintura: Return, de Elly Smallwood (2018)