Hay dos morales en el mundo; la moral oficial que fundamenta las leyes de la sociedad burguesa y que nadie puede transgredir impunemente; y la moral natural entre los dos sexos, donde el resorte más importante es el placer.
Naturalmente, yo no conocía todavía esa ética; apenas sí la adivinaba, oscuramente, por instinto, y no hubiese sabido por entonces formularla. He reflexionado a menudo y, después, esta doble naturaleza de la ética siempre se me ha confirmado. Lo que es moral en los países mahometanos es inmoral en los países cristianos. La moral de la Antigüedad es distinta de la moral de la Edad Media, y lo que estaba permitido en la Edad Media ofusca nuestros sentimientos. La ley de la naturaleza es la unión más íntima entre el hombre y la mujer; la forma bajo la cual se cumple esa unión depende del clima, de las convicciones religiosas y del orden social. Nadie puede transgredir impunemente las leyes que le son impuestas; y esa presión que las leyes morales de un país ejercen sobre todos de igual manera incrementa los placeres de la voluptuosidad al hacerla secreta.
Mis padres observaban de forma ejemplar las formas exteriores de las leyes necesarias; gracias a ello, eran doblemente felices en las horas del placer. No lo hubiera creído jamás de no haberlo visto yo misma. Tengo, pues, razón en no creer en lo exterior y no confiar en la apariencia. Pero los ojos ardientes, la coquetería y la conducta llamada ligera de ciertas mujeres son cosas no menos engañosas. Por experiencia sé que entre las mujeres quienes parecen prometer mucho son justamente las más frías y las más insensibles, incluso cuando cumplen sus promesas. «Aguas tranquilas, aguas profundas». La justeza de ese proverbio se muestra con más evidencia en el carácter de la mujer. Sí, somos capaces de fingir hasta en el momento del desvanecimiento. No sólo lo he visto en mi excelente madre, sino en otras y en mí misma. Para la mujer es muy doloroso reconocer que goza. Nosotras damos placer y dejamos ver que eso nos hace dichosas; pero algo inexplicable nos impide confesar o dejar ver hasta qué punto gozamos. No creo que haya para eso otra razón sino el sentimiento bien vago de conceder al hombre amado sólo los derechos que ya tiene sobre nosotras y no aumentar en demasía su poder. El hombre debe por naturaleza combatir, vencer, superar esas dificultades, apuntar siempre más alto y siempre mejor. El completo hartazgo hace al hombre indiferente, perezoso, calmo, y para él representaría un completo hastío que la mujer expresase sus sentimientos y diese testimonio exterior de su goce. Es preciso que el hombre tenga siempre algo que combatir, que vencer; es preciso que la mujer tenga siempre algo para conceder, incluso cuando haya concedido ya sus favores supremos. Y cuando está ganada ya la victoria corporal, es preciso que quede por ganar una batalla espiritual. Esto no es un simple cálculo por nuestra parte, es el instinto. Cuántas veces habré observado a los animales, esos grandes maestros del hombre para las cosas naturales. La hembra se defiende, se retira, huye. El macho persigue, fuerza, domina. Cuando el macho ha conseguido su meta y ha acabado con toda defensa, se aleja. Entonces la hembra le persigue, exige ayuda, protección y subsistencia. Salvo en algunas, escasas, especies animales la hembra no expresa su voluptuosidad, pero no puede ocultar su deseo; sorprende al macho, lo excita, lo seduce. Cuando él está ya ardiendo encuentra un rechazo, una resistencia, y debe combatir. Creo que con esos combates y esas luchas la naturaleza ha querido alcanzar el máximo de excitación, el más completo flujo de las valiosas savias animales, cuya fusión y mezcla más íntima aseguran la perpetuación de la especie. Esos fluidos destilan, evaporan y relajan todavía más las fuentes nerviosas, hacen más perfecta la unión. Por eso los hijos nacidos de un combate amoroso son más robustos que los nacidos de un matrimonio aburrido, «concebidos entre vigilia y sueño» como dice Shakespeare. La provocación y el rechazo son, pues, leyes naturales; al igual que el deseo masculino de lograr una sumisión completa y el instinto femenino de negarse a tal sumisión. Cuando una mujer se queja de la frialdad de su marido es que ha sido demasiado sincera en el momento del gran placer y no ha dejado un solo deseo del hombre sin satisfacer.
Memorias de una cantante alemana, de Wilhelmine Schröeder-Devrient (1868)
Ilustración de Estine Coquerelle