emperifollados

Alice Walker


Querido Dios:

Ahora que todos sabemos que ella se irá pronto han empezado a dormir juntos. No todas las noches, pero casi todas, de viernes a lunes.

Él baja a casa de Harpo a oírla cantar. Y, sencillamente, a mirarla. Luego, vuelven los dos juntos, tarde, y se quedan riendo, charlando y rebullendo hasta la mañana. Después se acuestan hasta que ella tiene que volver a trabajar.

La primera vez, las cosas vinieron rodadas. Se dejaron llevar de los sentimientos. Eso me dijo Shug. Él no me explicó nada.

Ella me preguntó: Dime la verdad, ¿te importa si Albert se acuesta conmigo?

Yo pienso que me trae sin cuidado con quién se acueste Albert. Pero me lo callo.

Podrías quedar otra vez embarazada, le digo.

Ya no, me contesta. Ahora uso la esponja y esas cosas.

¿Todavía lo quieres?, pregunto.

Tengo lo que se dice una debilidad por él. De haberme casado, habría sido con él. Pero no tiene carácter. Es incapaz de saber lo que quiere. Y, por lo que me cuentas, un bruto. Pero tiene cosas que me gustan. Cómo huele. Lo pequeño que es. Y que me hace reír. 

¿A ti te gusta acostarte con él?

Sí, Celie, tengo que reconocer que me encanta. ¿A ti no?

No. Él mismo puede decirte lo poco que me gusta. ¿Por qué iba a gustarme? Se me echa encima, me sube el camisón y allá va. Muchas veces hago como si no estuviera, y él ni nota la diferencia. Nunca me pregunta lo que siento, ni nada. Se despacha, da media vuelta y a dormir.

Ella se ríe. Se despacha, me dice. Se despacha. Vamos, Miss Celie, lo dices como si hiciera sus necesidades encima de ti.

Eso es lo que a mí me parece.

Se queda seria.

¿Nunca te ha gustado?, me pregunta como si no pudiera creerlo. ¿Tampoco con el papá de tus hijos?

Nunca.

Tú aún eres virgen, Miss Celie.

¿Qué?

Mira, ahí abajo, en el minino, tienes un granito que se calienta cuando haces eso que tú sabes con alguien. Y se calienta y se calienta y por fin estalla. Eso es lo bueno. Pero hay más cosas buenas. Besos, caricias con los dedos y con la lengua.

¿Un granito? ¿Los dedos y la lengua? Lo que yo tenía caliente y a punto de estallar era la cara. 

Ella me dice: Toma este espejo y míratelo. Seguro que nunca te lo has visto. 

No.

Y seguro que tampoco has visto a Albert.

Pero lo he sentido.

Me quedo parada, con el espejo en la mano.

¿Es que te da vergüenza hasta mirarte?, me pregunta. Y con lo guapa que te has puesto, dice, riendo. Tan bien vestida para ir a casa de Harpo, y perfumada. Y te da miedo mirarte el minino. 

Quédate conmigo mientras miro, le digo.

Nos vamos corriendo a mi cuarto, como dos niñas traviesas.

Tú vigila desde la puerta, le digo.

Ella se ríe. De acuerdo, me dice. No hay enemigo a la vista.

Me echo en la cama, me levanto el vestido y me bajo los calzones. Pongo el espejo entre las piernas. ¡Uf, cuánto pelo! Unos labios negros y, dentro, como una rosa húmeda.

¿A que es más bonito de lo que pensabas?, me dice desde la puerta.

Y es mío, digo. ¿Dónde está el granito?

En lo alto. Esa parte que sale un poco. 

Lo miro y lo toco con el dedo. Siento un temblorcito. No gran cosa, pero lo bastante para saber que es ahí donde hay que tocar. Quizá.

Puestas a mirar, mira también las tetas. Me subo el vestido y las miro. Me acuerdo de cómo chupaban mis hijitos. Y me acuerdo del gustillo que me daba. Y a veces, más que eso. Lo mejor de tener hijos es darles de mamar.

Que vienen Albert y Harpo, dice. Yo me subo los calzones y me bajo las faldas. Me parece que hemos estado haciendo algo malo.

No me importa ni pizca que te acuestes con él, digo.

Y ella me cree.

Y yo también me creo.

Pero, cuando los oigo juntos, no puedo menos que echarme la colcha por la cabeza y acariciarme el granito y las tetas llorando.


El color púrpura, de Alice Walker (1982)

Pintura: Scene 9, de Mónica Hernández (2017)

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