
Estamos en un restaurante, después de haber pedido la comida. Yo espero con
ganas mi suculento aperitivo Nova Scotia. De pronto un sentimiento de lujuria se
apodera de ella. Yo no he hecho nada para provocarlo, más allá de ser como soy
siempre, es decir, adorable, divertido y boyante. «Vamos», dice ella, y se
levanta. «¿Dónde?», pregunto yo, salivando ante la inminente llegada de un plato
de salmón. «Tengo ganas de hacer el amor», responde. «Pero acabo de pedir un
aperitivo», protesto. «Vamos», repite ella, que quiere lo que quiere cuando lo
quiere.
«¿Dónde?», chillo mientras ella me agarra y me arrastra hasta la puerta.
«Ahora volvemos», le dice al camarero. «¿Pero dónde vamos?», pregunto. «He
visto un pequeño callejón a la vuelta», dice ella. «Pero estamos en el centro
de Nueva York –protesto–. En la Cincuenta y cuatro entre Broadway y la
Séptima. Nos va a ver toda la ciudad.» «Es un rincón pequeñito y oscuro –dice
ella–. Hay que bajar unos escalones y está completamente oscuro. No nos verá
nadie.»
A continuación me obliga a sortear un conjunto de cubos de basura y me empuja
hacia un rincón oscuro y retirado en pleno centro de Manhattan. A nuestro
alrededor hay tráfico y peatones casi a la vista. Por fin, la lujuria se
impone al salmón y sucumbo. Hacemos el amor y poco después estoy sentado
delante de mi comida, con una sonrisa beatífica en la cara, y ella con las
mejillas sonrosadas de satisfacción. Mujeres así no crecen en los árboles.
A propósito de nada, de Woody Allen (2020)
Imagen: intervención urbana de Claire StreetArt