emperifollados

Rosa Montero

La primera vez que hicieron el amor fue en casa de Soledad, a media tarde (las relaciones con hombres casados siempre se consuman a horas extemporáneas, por la mañana, en el almuerzo, a la hora de la siesta, rara vez por las noches), y ella, por supuesto, había endulzado el encuentro poniendo música. El iPod funcionaba en modo aleatorio, y justo cuando Mario y Soledad estaban lanzándose al asalto final, justo cuando sus piernas se enredaban con una ansiedad casi dolorosa y al respirar se tragaban el aliento del otro; justo cuando en el propio pecho retumbaba el corazón del amante y los vientres eran húmedas ventosas, justo entonces, en fin, empezó a sonar el estremecedor canto de Isolda, su Liebestod, su muerte de amor, el aria final del tercer acto y de la ópera entera. Y Soledad al principio pensó: ah, qué desastre, esto no pega ahora, esto es demasiado grandioso, demasiado difícil, esto nos va a sacar de situación; pero lo pensó sólo durante medio segundo, porque estaba concentrada en sus sensaciones y en su piel, indistinguible ya de la piel del otro. Y entonces siguieron avanzando y hundiéndose cada vez más, siguieron galopando y ardiendo, y la música también ardió y avanzó, la música los acompañó en ese crescendo de furiosa belleza, y cuando todo estalló al mismo tiempo, la música y la carne, una supernova redujo a cenizas la habitación y destruyó el planeta.
Eones después, los supervivientes del apocalipsis empezaron a moverse cautelosamente. Mario alzó con esfuerzo la cabeza, sus ojos verdes tan oscuros que parecían negros, y preguntó en un sobrecogido susurro:
—¿Qué... era... eso... tan... impresionante?
Era la muerte de amor de Isolda, el primer fragmento de ópera que Mario escuchaba en su vida, al menos el primero que escuchaba con el corazón. Y le gustó. Puede que el lector opine que Wagner no parece lo más apropiado para un encuentro sexual, que es demasiado denso para la vertiginosa ligereza del deseo y demasiado sublime para la torridez grosera de los cuerpos y para el chapoteo de los humores; y debo reconocer que, como hemos visto, la propia Soledad temió que fuera así; pero ahora ella sostiene con energía frente al mundo (porque Soledad suele mantener intensas conversaciones con el mundo, a veces interiores y en ocasiones también en voz alta, es decir, habla sola) que este Liebestod es la música más majestuosamente erótica que pensarse pueda, y que, si no has hecho alguna vez el amor con Wagner, sin duda te estás perdiendo algo tremendo.

La carne, de Rosa Montero (2016)
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