emperifollados

Vicente Huidobro

Diego Laínez contempla a la que duerme a su sombra. Hermosa, regordeta, Teresa Álvarez es la hija del campo, del hacendado noble, de sangre bien nutrida. Hermosa, regordeta, frutal. Carne apetitosa, apta a la caricia, pronta al amor. Sus senos potentes, con perfumes de huerta como grandes melones, palpitan con un ritmo sereno de corazón y de mar.
Mirar esa mujer rejuvenece, dulcifica, aclara los problemas del mundo. Todo junto a ella se hace natural, primario, alegre. No se comprenden el vicio, ni las complicaciones, ni los retorcimientos de falsos placeres. El amor directo, lógico, el acto sexual rotundo de un hombre y de una mujer enlazados, cumpliendo una función orgánica imperiosa y suprema.
Diego Laínez la coge, entre sus brazos, le acaricia todas las blanduras. Ella le ofrece los labios carnudos y pletóricos. Él se crispa en cada roce. Ella se muere en cada beso.

Mío Cid Campeador, de Vicente Huidobro (1929)
Fotografía de Ashley Graham por Mario Sorrenti (2017)

Con la tecnología de Blogger.