Lo que siempre quiere saber la gente es cómo nos repartimos a la hora de dormir.
La mayoría nos imagina a los tres juntos en una cama grande, turnándonos en penetrar o ser penetrados, o uno con la dicha de estar en el medio penetrando y siendo penetrado a la vez, o dos penetrando al tercero simultáneamente… y cada uno reparte nuestros roles según sus propias fantasías, qué cosas sueña hacer o que le hagan.
También los hay que piensan que la pareja sigue durmiendo junta y que yo duermo en un armario al lado de la cocina, como un sirviente, salvo cuando atiendo sus necesidades (sexuales u otras) como una geisha masculina.
O al contrario, los hay que imaginan a la pareja inicial, con fuertes lazos de afecto entre ellos pero ya sin morbo, durmiendo en dormitorios separados como en una película de Hollywood en blanco y negro de los años cincuenta, y que yo soy la solución para evitar su ruptura, satisfaciendo a uno o a los dos con mi virilidad juvenil.
Lo que más les cuesta a casi todos es concebir nuestra vida fuera de la cama. Una domesticidad a tres bandas.
Coge mi mano e intenta imaginarlo ahora. Tú también, coge mi otra mano. Eso es. Ahora, cerremos los ojos e imaginemos juntos. Una vida de tres, sea como sea que nos hemos encontrado o en qué orden. Imaginemos una ausencia de celos. Apoyándonos. Celebrándonos. Cuánto poder tenemos juntos. Cuánto amor.
Injerto, cuento de Lawrence Schimel incluido en Una barba para dos (2016)
Ilustración de Felix d'Eon