Tan pronto como los pasajeros volvieron a subir al avión, observaron que lo habían limpiado, ordenado, ventilado. Una fresca fragancia flotaba por los pasillos. Los asientos estaban provistos de nuevas mantas. Grandes cojines rellenos de plumas, de una luminosa blancura, hacían más tentador aún el terciopelo azul oscuro sobre el que estaban dispuestos. El sobrecargo apareció para preguntar si deseaban alguna bebida. ¿No? Pues, entonces, ¡buenas noches! La azafata se presentó también para desearles un feliz descanso. A Emmanuelle todo aquel ceremonial le encantaba. Volvió a sentirse contenta; de manera positiva, con fuerza, con certeza. Quería que el mundo fuese exactamente como era. Todo, sobre la Tierra, estaba definitivamente bien.
Se acostó boca arriba. Esta vez no tenía miedo de mostrar las piernas; le apetecía moverlas. Las levantó sucesivamente, doblando y estirando las rodillas, haciendo trabajar los músculos de sus muslos, restregando, con un suave crujido del nailon, los tobillos el uno contra el otro. Saboreó minuciosamente el placer físico que le procuraba este ejercicio de sus extremidades. Para poder moverse mejor, se subió más la falda, deliberadamente, sin esconderse, tirando de la tela con las dos manos.
«Después de todo», se dijo, «no son sólo mis rodillas las que merecen ser contempladas, sino mis piernas enteras. Hay que reconocer que son realmente bonitas; parecen dos pequeños ríos cubiertos de hojas secas y repletos de malos espíritus que se divierten pasando uno por encima del otro. Y no es lo único que tengo bonito. También me gusta mi piel, que se broncea al sol como un grano de maíz, sin enrojecer jamás; y también me gustan mis nalgas. Y las pequeñas frambuesas en la punta de mis senos, con su collarcillo de azúcar rojo. Me encantaría poder lamerlas.»
Las luces se debilitaron y Emmanuelle atrajo hacia sí, con un suspiro de bienestar, la manta fragante de agujas de pino que la compañía aérea le ofrecía para velar sus sueños.
Emmanuelle, de Emmanuelle Arsan (1959)
Imagen de la película Emmanuelle (Just Jaeckin, 1974)