El centro del dormitorio estaba cubierto por una alfombra circular de lana blanca. Una lámpara proyectaba su luz, resguardada por una pantalla, sobre la mujer desnuda tendida allí: una ancha venda negra le cubría la mitad del rostro, desde la frente hasta la base de la nariz. Mi amigo se arrodilló junto a ella, acariciándola. Me hizo una seña. Me acerqué. De un fonógrafo, surgía una balada melancólica; la muchacha yacía inmóvil, sin adivinar aparentemente la presencia de un tercero en el cuarto.
Miré los dedos de mi amigo, que se deslizaban laxamente sobre la piel de la muchacha. Mientras ésta se incorporaba a medias, buscándolo con las manos, él le murmuró algo. Ella, abatida, volvió a dejarse caer sobre la alfombra, ocultándole el rostro, arqueando la espalda y cruzando las manos como en procura de protección. Vacilé.
Pacientemente, él volvió a acariciarla. Las cuerdas del cuello de la muchacha se suavizaron y sus dedos se relajaron, pero no cedía. Mi amigo se levantó y, tomando su bata, fue hacia la puerta. Oí que hacía funcionar el televisor en la biblioteca.
Recordando que yo no debía hablar, miré el cabello revuelto de la muchacha, sus muslos nítidamente curvados, la redondeada carne de sus hombros. Sabía que, para ella, yo no era más que un capricho del hombre a quien amaba, una mera prolongación de su cuerpo, de su contacto, de su amor, de su desdén. Sentí que mi deseo crecía mientras estaba de pie junto a ella, pero la conciencia del papel que desempeñaba prevalecía sobre mi deseo de poseerla. Para superar esto, traté de recordar las imágenes de aquella mujer que me había excitado con tanta frecuencia en la oficina: una axila vislumbrada por la abertura de su blusa sin mangas, el movimiento de sus caderas dentro de los límites de su falda.
Me acerqué más a ella: se resistió, pero no se apartó. Comencé a tocarle la boca, el cabello, los senos, el vientre y acaricié sus carnes hasta que gimió y alzó los brazos en un gesto que podía ser rechazo o de invitación. Me dispuse a tomarla con los ojos cerrados para borrar su desnudez, rozándole con la cara la lisa venda.
La penetré bruscamente: no se resistió. Con un movimiento al principio tímido y luego casi apasionado, sus manos me atrajeron, oprimiendo mi cabeza contra su pecho. Su cabellera suelta se esparció alrededor de su cabeza, su cuerpo se puso en tensión, sus labios se entreabrieron en un asombro sin voz. Nuestros cuerpos se estremecieron: me dejé caer a su lado.
Quedó rígida, con las manos entrelazadas piadosamente sobre el pecho como la efigie medieval de una santa. Estaba fría y envarada e inmóvil: sólo su crispado semblante no se había rendido aún a la calma que reinaba ahora en su cuerpo. El sudor que cayera entre sus contraídas cejas le manchaba la venda.
Entré al cuarto de baño, haciéndole al pasar una señal a mi amigo. Me vestí y salí del departamento. Cuando llegué a casa, me arrojé sobre la cama. Instantáneamente, mi imagen de ella se dividió en dos: la mujer de la oficina, vestida, indiferente, que iba de aquí para allá, y la muchacha desnuda y de ojos vendados que se entregaba por orden de otro hombre. Ambas imágenes eran nítidas y rotundas… pero se negaban a fundirse entre sí. Durante horas, se desalojaron y sustituyeron mutuamente.
Durante la noche, me desperté varias veces, sin poder recordar la forma o el movimiento de su cuerpo, pero recordando vívidamente los menores detalles de su ropa. Me parecía que la desnudaba eternamente, dificultado siempre por montañas de blusas, polleras, cinturones, medias, abrigos y zapatos.
Pasos, de Jerzy Kosinski (1969)
Ilustración: Blindfolded, de Giuseppe Cristiano (2013)