emperifollados

Horace McCoy

Me preguntaba si era real que yo estuviera en una piscina de Beberly Hills, en una fiesta con todas las estrellas cinematográficas. También imaginaba que yo era una de ellas, que llevaba allí mucho tiempo, que había llegado incluso antes de haber nacido, en los días en que Meyer, Lasky y el resto empezaron a levantar el negocio.
De repente, miré a mi alrededor y descubrí a la señora Smithers, que me observaba.
–Ha estado usted ahí una hora. ¿No cree que ya es suficiente? –preguntó.
–No me había dado cuenta –respondí y braceé hasta alcanzar el borde–. Esto es maravilloso.
–Ha estado lo suficiente como para que media docena de personas me preguntaran por el dios griego de la piscina. ¿Está esperando a alguna atractiva mujer sin ropa?
–¡Oh, no, señora! –respondí, mientras salía del agua.
–Pensé que quizá me estuviera esperando –confesó ella.
 –¡Oh, no, señora!
–Es usted encantador, completamente encantador –dijo sonriendo–. ¡Y tiene un cuerpo bellísimo!
–Gracias, señora.
–¿Es usted deportista?
–No, señora. Solía jugar al fútbol americano en el instituto, eso es todo.
–Sin embargo, le gusta nadar.
–Sí, señora.
–Bien. Puede venir a nadar cuando quiera. De verdad, cuando quiera.
–Gracias, señora.
–Me gustaría que se uniera a la fiesta. Venga, vaya a vestirse..., aunque sea un sacrilegio.
Me alejé, sin saber exactamente qué había querido decir, y con una extraña sensación en la base de la columna vertebral; la misma que recordaba haber tenido a los trece años en los picnics de la escuela dominical, cuando la señora Smith, la maestra, se quedaba en el bosque a solas conmigo, se sentaba frente a mí y me hablaba de Cristo y los apóstoles; lo que no le impedía abrir las piernas para enseñarme la parte superior de sus medias negras y su ropa interior, fingiendo, eso sí, no darse cuenta de que yo la miraba.

Debería haberme quedado en casa, de Horace McCoy (1938)
Pintura: Peter getting out of Nick’s pool, de David Hockney (1966)

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