emperifollados

Cuca Canals


Se encerraron en la biblioteca. Omar fue hacia el mueble bar para ofrecerle un refresco pero no tuvo tiempo de hacerlo. Alicia se había acercado a él, y le estaba besando apasionadamente. Omar la rodeó con sus brazos, mientras Alicia le desabrochaba los botones de su camisa. Al sentir sus largas uñas, el joven notó cómo todo su ser se estremecía.
Los dos cuerpos cayeron sobre el sofá, Alicia comenzó a morderle los labios, el lóbulo de su oreja izquierda, el cuello, los brazos, el torso, y fue bajando hasta llegar a sus piernas, sus tobillos, los dedos de los pies. Omar observaba a Alicia excitado, fascinado, pero también dolorido. Sin duda, su amada tenía una buena dentadura.
Sus mordiscos eran cada vez más fuertes. Alicia Baltimore parecía haber enloquecido de amor, de pasión, de deseo, repetía una y otra vez.
–Tu cuerpo tiene un sabor maravilloso.
–¿A qué sabe?
Alicia le lamió la rodilla.
–A fresas.
Omar se quedó pensativo mientras Alicia seguía mordisqueando los dedos de sus pies. Nunca nadie le había dicho que su cuerpo sabía a fruta. Incluso se lamió la mano para comprobarlo. No sabía a nada. Cuando de repente, vio los pechos de Alicia, irresistiblemente carnosos, sublimes, preciosos. El corazón de Omar comenzó a palpitar con violencia. Sus manos, inquietas y salvajes, ya estaban dispuestas a navegar por su piel, un mar de curvas maravillosas, un océano de placer. Cerró los ojos, quería sumergirse en la felicidad que le proporcionaba Alicia Baltimore. Tal vez su cuerpo tenía sabor a fresas, pero el de su amada sabía a gloria. La abrazó con pasión, por fin iba a hacerle el amor. Gemidos, besos, caricias, piel, jadeos, lenguas, gritos, te quiero, pellizcos, te deseo, arriba y abajo, abajo y arriba.
Cervantes, Victor Hugo, Shakespeare y todos los autores que vivían en los estantes de la biblioteca estaban siendo testigos de una gran noche de amor. Los muelles del sofá trabajaban como nunca lo habían hecho en su vida. Crujiendo de dolor, subían y bajaban a un ritmo vertiginoso, arriba y abajo.

La hescritora, de Cuca Canals (1998)
Imagen de la película Atonement (Joe Wright, 2007)

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