emperifollados

Yasunari Kawabata


–Antes de dormirme cierro los ojos y cuento los hombres que no me disgustaría que me besaran. Los cuento con los dedos. Es muy agradable. Pero me entristece no poder pensar en más de diez.
Estas declaraciones habían sido hechas al joven Eguchi por la esposa de un ejecutivo, una mujer de mediana edad, una mujer de sociedad y, según se decía, una mujer inteligente. En aquel momento estaban bailando un vals. Tomando esta súbita confesión como una sugerencia de que no le importaría ser besada por él, Eguchi aflojó la presión de su mano.
–No hago más que contarlos –dijo ella con toda tranquilidad–. Usted es joven, y supongo que no tiene problemas para conciliar el sueño. Y, aunque así fuera, tiene a su esposa. Pero inténtelo de vez en cuando. Yo lo considero una medicina excelente.
La voz era definitivamente seca, y Eguchi no contestó. Ella había dicho que se limitaba a contarlos; pero resultaba fácil sospechar que evocaba en su mente tanto sus rostros como sus cuerpos. Invocar a diez debía exigir un tiempo y una imaginación considerables. Al pensar en esto, el aroma de algo parecido a una poción amorosa por parte de esta mujer ya madura asaltó a Eguchi con más fuerza. Ella era libre de evocar a su antojo la figura de Eguchi entre los hombres que no le disgustaría que la besaran. El asunto no era de su incumbencia, y no podía resistirse ni quejarse; y, no obstante, el hecho de ser utilizado sin su consentimiento por la mente de una mujer de mediana edad para complacerla resultaba chocante. Pero no había olvidado las palabras de ella. Después empezó a sospechar que la mujer podía haberse burlado de él o inventado la historia para divertirse a su costa; pero, al final, las palabras le quedaron grabadas. La mujer había muerto hacía tiempo y Eguchi ya había desechado todas estas dudas. Y esta mujer inteligente, antes de morir, ¿cuántos centenares de hombres habría contado?

La casa de las bellas durmientes, de Yasunari Kawabata (1960)
Pintura de Serge Marshennikov
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