En la breve noche de verano, aprendió Connie mucho. Habría creído que una mujer se moriría de vergüenza. En vez de eso, fue la vergüenza la que murió. La vergüenza del temor, la honda vergüenza orgánica. El viejo, antiguo temor físico que anida en nuestras raíces corporales, y sólo puede ser expulsado por el mismo fuego sensual, había sido despertado y puesto en fuga por el acoso fálico del hombre, y entonces se encontró ella en el mismísimo corazón de su propia selva. Sentía ahora que había llegado al verdadero lecho rocoso de la naturaleza, y que carecía esencialmente de vergüenza. Era su yo sensual, desnudo, desvergonzado. Se sentía triunfal, casi gloriosa. ¡Con que era eso! ¡Eso era la vida! ¡Así es cómo era uno realmente! No existía nada que disfrazar ni nada de qué avergonzarse. Compartía su desnudez con un hombre que era otro ser.
El amante de Lady Chatterley, de David H. Lawrence (1928)
Ilustración de Romana Romanyshyn y Andriy Lesiv para la edición publicada por Sexto Piso en 2016