Después de la cena, subimos al coche y fuimos más allá del campus, a las afueras del pueblo, para aparcar en la carretera que bordeaba el cementerio. Ya eran algo más de las ocho, y disponía de menos de una hora para llevarla de vuelta a la residencia antes de que cerraran las puertas. No sabía dónde más aparcar, aunque temía que el coche patrulla que circulaba por el callejón trasero del hostal se detuviera detrás del vehículo de Elwyn con las luces largas encendidas, que bajara uno de los agentes y se acercara para iluminar el asiento delantero con una linterna y preguntarle a ella: “¿Va todo bien, señorita?“. Eso era lo que decían los policías cuando actuaban, y en Winesburg actuaban continuamente.
Así pues, tenía que preocuparme por la policía y lo tardío de la hora -las ocho y diez- cuando apagué el motor del La-Salle y me volví para besarla; con total naturalidad, ella me devolvió el beso. Evita el rechazo… ¡detente aquí!, me ordené, pero esa advertencia era necia, y mi erección lo corroboraba. Deslicé con delicadeza la mano bajo su abrigo, le desabroché la blusa y moví los dedos sobre el sujetador. Ella reaccionó a aquel comienzo de acariciarla a través de la copa de tela del sostén abriendo más la boca mientras me besaba, ahora con el incentivo añadido del estímulo de su lengua. Me encontraba solo en un coche aparcado en una carretera a oscuras, una mano moviéndose dentro de la blusa de una muchacha cuya lengua se movía en el interior de mi boca, la misma lengua que vivía sola en la oscuridad de su boca y que ahora parecía el más promiscuo de los órganos. Hasta entonces la única lengua que había estado en mi boca era la mía, y esa idea casi bastaba para que me corriera. Eso solo sería más que suficiente. Pero la rapidez con la que ella me había permitido actuar (y aquella lengua que se proyectaba, se restregaba, se deslizaba, me lamía los dientes, la lengua, que es como el cuerpo desprovisto de su piel) me impulsó a tratar de poner delicadamente su mano en la entrepierna de mis pantalones. Y, una vez más, no encontré la menor resistencia. No hubo batalla alguna.
Indignación, de Philip Roth (2009)